lunes, 14 de enero de 2019

El demonio y la armadura blanca (parte 1)




El rey Filemón II gobernó las tierras de Arkana desde 1410 en adelante, su reinado fue estricto y poderoso, nadie podía derrocarlo y peor quitarle su corona. Se casó con la reina Felisa, pero ella no podía tener hijos, así que en una noche de 1415 este se acostó con su sirvienta dejándola embarazada y dando a luz ese mismo año un varón, al que llamaron Filadelfo. Enterándose la reina de lo sucedido rechazó al hijo de su esposo y terminó con una fuerte depresión que no pudo tolerarla, decidiendo cortarse las venas y así poderse quitar ese gran dolor de encima.

Cuando Filadelfo tenía diez años su padre lo envió a prepararse con su ejército donde aprendió a dominar y ser muy ágil con la espada. Al cumplir los dieciocho años ya había leído toda la biblioteca de su abuelo como también leyó una extraña carta donde le había escrito a su hijo diciendo que por nada del mundo usara aquella armadura blanca escondida en un enorme cofre que yacía en los calabozos del castillo, que ni siquiera la tocase ya que era maldita por tener un enorme poder oscuro sin que nadie logre dominarlo.

El príncipe le llamó mucho la atención dicho manuscrito y sin pensarlo dos veces bajó a los calabozos ordenando a los guardias que le permitieran ver el cofre que estaba en una de las celdas, pero no se lo permitieron mientras no existiera una orden del rey o él llegase al trono. Pasó el tiempo y Filadelfo tenía veinticinco años. 

Un día acompañó a su padre de cacería, cuando de repente un enorme jabalí con colmillos largos y gruesos que sobresalían de su trompa lo muerde de gravedad y el príncipe se quedó contemplando como su padre agonizaba, pero antes de morir el rey dijo. 

–Hijo, estoy muriendo y tú serás el próximo rey de Arkana, por lo que me debes de obedecer.
–No te preocupes padre, te obedeceré. –Le respondió el príncipe a pesar que sus palabras no fueron sinceras.
–Por nada del mundo abras ese cofre y uses la armadura que tu abuelo ganó en batalla contra el emperador de Iskra, un imperio malvado y oscuro que hizo atrocidades. Es por eso que esa armadura está poseída por un antiguo demonio que escapó del infierno y cumple deseos a cambio de pactos. Mi padre terminó loco y suicidándose por tan solo haberla tocado.
Fueron las palabras del gran Filemón II que en ese momento moría. A Filadelfo no le importó la muerte de su padre, al contrario, la esperaba con ansias y paciencia, sin necesidad de asesinarlo para así convertirse en rey y poder tomar la armadura blanca que por herencia le pertenecía.

lunes, 7 de enero de 2019

Maenza comenta Leyendas de un Fauno


El escritor ecuatoriano Diego Maenza es el responsable del texto de contraportada de mi novela Leyendas de un Fauno, que a finales de mes estará circulando en todo el país. Comparto un fragmento de su comentario:

"Con Leyendas de un Fauno se empieza a consolidar una vena poco explorada en nuestras letras: la fantástica".

La ilustración que acompaña este post pertenece al artista manabita (de proyección internacional) Xavier García Loor, quien ha hecho unas alucinadas ilustraciones para la novela, así como el arte de portada.

  

viernes, 28 de diciembre de 2018

Un nuevo héroe está por emerger



Alegría previo fin de año. 

2019 empezaré con nuevo libro.

Leyendas de un fauno, primera entrega de una trilogía.

Ahora corrigiendo las pruebas antes de que ingrese a imprenta.

Las ilustraciones son de lo mejor, gracias al artista Xavier García. 

Un nuevo héroe está por emerger en la literatura manabita, espero que todos puedan conocerlo.

sábado, 15 de diciembre de 2018

El cazador nocturno (parte III)

Imagen tomada de https://www.leyendasdeterrorcortas.com/leyendas-del-mundo/leyendas-de-mexico/leyendas-de-hidalgo/leyenda-la-nina-fea-del-columpio/



Tres
Pasaron algunos años y la cacería volvía como de rutina. Diez de septiembre de 2005 en Aguasazules, ciudad hermosa conocida por sus playas y bosques húmedos que de a poco ha crecido por su grandioso comercio y pesca, una ciudad turística visitada por muchos extranjeros. Ahí vivía José Mero un comerciante que se había quedado viudo ya que su mujer murió de leucemia. Este tenía una hija de once años de nombre Carmen Mero, más conocida como Carmita; los dos andaban juntos y la niña lo ayudaba en el puesto de venta de pescado en el mercado central. Ese día, tipo dos de la tarde, su padre le pidió de favor que vaya donde el carnicero y compre una libra de costillas, sin embargo, Carmita no regresó.
A los dos días encontraron su cuerpo dentro de un saco de yute; la violaron y apuñalaron, luego la bañaron para borrar toda clase de prueba y dejarla botada cerca de un barranco. Nunca atraparon al culpable. Su padre no pudo soportar el dolor y depresión por lo ocurrido, terminó suicidando con una acuchillada en el corazón. Mientras que el violador y asesino andaba libre. Pasaron más de diez años y archivaron el caso por carecer de pruebas, nadie supo quién mató a Carmen Mero de once años.
En la ciudad de Aguasazules por la carretera vía a Santa Agustina había un centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos. El Renacer, así se llamaba y tenía cinco años ayudando a personas con problemas de drogadicción y alcoholismo. En dicha clínica estaba internado Pedro Aguayo de treinta años. Desde los doce perdió a sus padres, después de aquello dedicó su vida a la delincuencia y drogas.
Una madrugada cuando Pedro dormía soñó que estaba parado en un parque desolado, y al ver que no había nadie observaba a Carmita meciéndose en un columpio, se preguntaba por qué la vería si ya estaba muerta, no entendía nada, no sabía qué pasaba. –¿Estoy soñando? Tú ya estás muerta, yo mismo te maté. ¡Lárgate de mi mente! ¡Quiero despertar? –Fueron sus palabras.
–Me violaste y mataste no lo recuerdas. –Dijo Carmita.
El viento bramaba con fuerza y él seguía sin entender qué pasaba, no obstante, se dio cuenta que la niña paró de mecerse en el columpio y caminó en su dirección, apuntándolo con el dedo y culpándolo de su muerte. Aguayo gritaba que no se le acercara, pero ella no le hacía caso. De repente aquel cuerpito se transformó en una horripilante criatura alada de dos metros, cabeza pequeña con ojos rojos y hocico de roedor y colmillos filosos. Se abalanzó encima de él para destrozarle a mordiscos la cara. El interno gritaba y todos despertaron, pero nadie se acercaba porque el terror se apoderó en ellos al ver que su cara era despedazada por algo invisible. Murió de un paro cardiaco por el mismo pánico de sentir que su rostro era devorado por algo inexplicable.

Estas muertes nunca fueron resueltas, el misterio vive en ellas, y los espíritus descansan. Pero me hago una pregunta ¿cuál sería la verdadera apariencia del cazador nocturno? Eso nadie lo sabe, no obstante, cuentan que alrededor de nuestro planeta nos invaden unos enormes tentáculos verdosos y azulados sin saber a quién pertenecen. 

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El cazador nocturno (parte II)

Imagen tomada de https://www.freepik.es/fotos-premium/cielo-oscuro-nubes-negras-nubes-tormenta-dramaticas-antes-lluvia_1360986.htm



Dos

En 1950, en una ciudad pequeña, se descubrió el cadáver desnudo del niño Arthur Scott dentro de una caja de cartón envuelto en una manta color verde oliva, tenía siete años, y antes de ser estrangulado abusaron sexualmente de él. Nunca se supo quién fue o fueron los culpables. Hasta que el cazador nocturno apareció después de tres años a Jessica Brown de veintidós años; esta mujer drogadicta fue la madre del pequeño Arthur, la única culpable de su muerte: lo había cambiado por droga a un traficante que abusó del niño y después lo ahorcó con sus manos.

Jessica Brown el día que murió estaba tan drogada que tuvo una pesadilla con los ojos abiertos, pero con tanta heroína que se había inyectado su cuerpo se adormitó sin poder moverse. Frente de ella apareció un parásito en forma de una enorme, larga y delgada lombriz amarillenta y sebosa, empezando a arrastrarse hasta introducirse en su boca para salir por su oído derecho reventando su tímpano; pero aún no estaba muerta, su castigo empezaba. El bicho extraño se volvió a introducir en su boca para comerse todos sus intestinos y matarla de una manera despiadada.

–¡Sufre! –Exclamó una voz.

Los agentes policiales encontraron el cadáver en descomposición después de una semana ya que los vecinos no soportaban aquellos olores putrefactos que salían del cuartucho de Jessica. Sin embargo, el cazador no había terminado su trabajo ya que la madrugada del veinticuatro de abril apareció en un sueño del traficante de quien mató al niño.

La criatura extraterrestre se podía transformar de diferentes maneras, sin demostrar su verdadera apariencia así las almas de estos individuos nunca lo iban a reconocer. Y su víctima, el vendedor de drogas, dormía como si nada pasara hasta que soñó con el lugar de su muerte. Era un pantano lleno de árboles muertos de color gris, sus aguas verdes en forma de serpiente eran profundas y pegajosas. Las nubes negras invadían el ambiente gélido, que el asesino del pequeño Arthur temblaba. Confuso y aturdido él no sabía qué hacer, solo caminaba para encontrar la escapatoria del paisaje tétrico, pero lo que vio fue emerger de las aguas a un monstruo de aspecto humanoide de color azulado con manchas en el cuerpo, de piel escamosa y cabeza de lagarto, su espalda estaba llena de espinas. Se quedó estupefacto, no sabía si era sueño o realidad.

–¡Maldita sea! Dónde carajos estoy. –Fueron sus palabras.

–Te encuentras encerrado en tu propio sueño y aquí serás sentenciado por matar a Arthur Scott que tan solo tenía siete años. –Dijo el cazador.

Luego lo arrastró hasta el pantano sumergiéndolo para ahogarlo y después comérselo. Mientras tanto en la realidad el cuerpo del traficante de drogas estaba convulsionando, se ahogaba en el sueño, se ahogaba en la realidad. Tanto era la desesperación de querer vivir que sus ojos se abrieron, pero se ensangrentaron de inmediato, así como también empezaba a vomitar sangre por la nariz y boca.