martes, 13 de marzo de 2018

El Limbo (parte III)




Se obsesionó por alcanzar la gloria
y obtener el poder divino.

Los cananeos invocaban su nombre,
lo llamaban amo y señor,
el fuego purificador.

Su grandeza creció, su avaricia aumentó,
los fenicios lo consideraron una religión.

Encarnándose en figura humana
con cabeza de becerro
tomó el mando de la oscuridad.

Sus siervos le hacían cultos
y alimentaban su terror.

Su estatua era de bronce
y estaba hueca:
tenía la boca abierta
los brazos extendidos
las manos juntas
las palmas hacia arriba,
dispuesto a recibir el holocausto.

Los adoradores, segados,
depositaban a sus bebés
en el supuesto fuego bendito,
que ardía dentro de la estatua
de Moloc Baal.

Profanando el nombre del gran Yo Soy.

Sabiendo que aborrecía
todo partícipe del pecado.

Entonces me llamó:

jueves, 8 de marzo de 2018

El Limbo (parte II)

Ilustración de Émile-Antoine Bayard.




Que bien me siento
cuando muestro
mi verdadera apariencia,
así soy, así me hizo el Creador.

A pesar de no ser luz
mi lealtad siempre perdurará.

Sin máscaras las penumbras
me aman y adoran,
me proclaman la propia justicia.

Mi risa era macabra,
sarcástica y sádica.
Se escondía detrás del manto
oscuro y tenebroso,
donde ocultaba mi identidad.

Contemplaba el paisaje
sin quitarle la mirada
a las mariposas brillantes,
que volaban por todas partes.

En la vida aquellos bebés
murieron al nacer,
no por causa natural
si no por sacrifico
a un dios pagano:
Moloc Baal.

Recuerdo mucho
a este falso dios
desde sus inicios:

Un querubín leal a Lucifer,
atormentado por ser un demonio.
Satanás lo convirtió en principado.

jueves, 1 de marzo de 2018

El Limbo (parte I)





Antes de la resurrección de Cristo

había un lugar de reposo

para los justos, donde las almas

sin ser bautizadas descansaban.



No podían gozar del paraíso

porque su destino era vivir en el limbo.



Su ubicación

estaba en la región fronteriza del infierno

donde no existía el fuego

y menos sufrimiento.

Solo reinaba el silencio.



Un lugar montañoso y rocoso,

lleno de árboles protectores

de todos los recién nacidos,

aquellos que a temprana edad morían

y se convertían en mariposas brillantes.



El brillo de su inocencia

se expandía por todas partes, 

parecían estrellas fugaces.



Cuando mi presencia invadía este paisaje,

las aguas turbias de un lago feroz y misterioso

me daban la bienvenida

de forma pacífica.

Y un anciano me esperaba

en un viejo bote de madera,

listo para bogar a lo desconocido.

Narrar el mito fue mi deber.