viernes, 24 de mayo de 2019

Imposible arrepentirse (1)

Imagen tomada de https://cadenaser.com/ser/2015/04/02/sociedad/1427985448_249573.html


Escuché una voz suplicante. Un alma aterrada necesitaba de mi ayuda; al encontrarla me di cuenta que se trataba de una mujer asesinada por su esposo.
Degollada y ensangrentada clamaba por salvación. –¡Oh Señor Jesucristo! ayúdame, no sé en qué sitio estoy, estoy bañada en sangre, no me acuerdo de nada, todo está oscuro. Dónde están mis hijos, solo quiero estar con ellos, ¡Quiero a mis hijos, Dios mío! ¿Qué está sucediendo? La mujer no dejaba de gritar, no sabía lo que pasaba, sus nervios estaban alterados porque aquel lugar lúgubre le provocaba terror.
Me presenté como el arcángel Azrael y ante sus ojos en vez de ver fealdad contempló beldad, sin embargo, su desesperación persistía:
–Ángel de luz ayúdame a encontrar a mis hijos, hazme regresar a mi hogar, debo de prepararles la merienda y hacerlos dormir temprano porque les toca la escuela. Entonces le contesté.
–Verónica Macías, madre de tres hijos menores de edad y esposa de Juan Cedeño; vengo a llevarte a un lugar en el que reposarás para siempre, el paraíso de los justos, el mismo reino de Dios. Tu marido te quitó la vida, dejándose llevar por los celos.
–No creí que llegara tan lejos. Solo recuerdo que después de ir a dejar a mis niños donde mi mamá, me encaminé hacia la parada de bus para ir hasta un almacén en el centro donde necesitaban una empleada doméstica. Cuando terminé de escuchar a Verónica le narré un poco de su historia:
Eres oriunda del cantón El Carmen, Ecuador; tus padres te criaron en un ambiente humilde y tranquilo, tu hermano mayor ayudaba a tu papá en la tienda de abarrotes que tenían cuando apenas eras una niña, mientras tu madre te cuidaba. En cambio, la niñez de tu marido Juan Cedeño fue infeliz; a veces no tenían ni qué comer, lo poco que ganaba su papá se lo gastaba en alcohol sin importarle que sus hijos se morían de hambre, y si su mujer le reclamaba la golpeaba. Juan le airaba todo lo que observaba, pero no podía defenderla por el mismo miedo que invadía su cuerpo, solo tenía ocho años. Su hermano menor estaba recién nacido, pero lloraba sin parar cuando sucedían todos estos acontecimientos.
Creció sin amor, con odio y rencor. Un día jugaba con su hermano pequeño mientras su madre conversaba con un vecino a quien le contaba todo su sufrimiento; de repente los vio entrar al cuarto y cerrar la puerta. Poco después al ver que su madre demoraba en salir pensó que el hombre que la acompañaba le estaba haciendo algo malo. Sin tocar la puerta entró y presenció un espectáculo que jamás se borraría de su mente. La mujer que admiraba y trataba de proteger del alcohólico de su padre en ese momento lo traicionaba con el vecino. Vio como aquel hombre estaba sobre ella desnudo. No pudo ver más aquel hecho bochornoso y salió corriendo de su pequeña casa llorando.
Un secreto que a nadie ha contado y que lo marcó. Lo pensaba a cada instante sin poder olvidarlo, y no quería ver a su madre, la aborrecía. Años después empezó a fumar base, para olvidarse del mal recuerdo. Fumaba todos los días, robando al que veía en su camino para saciar su deseo compulsivo de seguir drogándose. La ansiedad lo desesperaba, quería que el humo llegase hasta su cerebro y borrar cualquier recuerdo que lo atormentase.

miércoles, 15 de mayo de 2019

La danza de los muertos

Imagen tomda de https://steemit.com/spanish/@marioamengual/la-danza-de-la-muerte-sigue-para-siempre




01h00 am
Despierto dentro de un sueño
con pánico y miedo,
frente a mí
un espectro de sombrero negro
mostrándome a muertos.

02h00 am
La luna era roja y estaba desorbitada,
habían árboles sin ramas,
no sabía dónde estaba
y tampoco despertaba.
Tenebrosa madrugada.

02h30 am
Las campanas sonaban,
obedecía las órdenes del espectro.
Qué será de mi alma,
a pesar de mi desdicha,
no quisiera permanecer en una cripta.

03h00 am
El espectro me hablaba:
–Bienvenido a la tierra deshabitada,
donde el silencio gobierna
y los muertos suicidas me veneran
porque los cuido de las calaveras
que de sus penas se alimentan.
Ellos danzan cuando los lobos
con un aullido siniestro cantan.
Danzan sin parar, danzan adorando
a la oscuridad.

03h30 am
Despierto alterado y nervioso
pensaba que estaba loco
pero me tranquilizo y medito,
lo importante es seguir vivo.

jueves, 4 de abril de 2019

Púrpura

https://lamenteesmaravillosa.com/mire-mis-propios-monstruos-los-ojos/



Un camino triste y nubloso en forma de serpiente,
espinoso y pedregoso,
me guía a un profundo abismo...

Ahí, en la nada y a oscuras, me siento confundido,
perdido en mí mismo.

Mundo extraño,
destruido por tres letales enemigos,
villanos de terror:
resentimiento, odio y rencor.

Junto a la oscuridad observo
mi propio desastre,
errores garrafales que me atormentan.

Me desvelo y los delirios incrementan...

Mis oponentes no descansan,
dentro de mi conciencia hablan:
—Tus tristezas se encienden cada vez que las recuerdas,
remordiendo tu espíritu—me dice el resentimiento.  

—Enfrentando a mis temores
y aprendiendo a levantarme por cada derrota
me doy cuenta que así es como me acerco a la victoria. —Le respondo,
mirando a su horripilante rostro.

Gusanos cremosos y rojos
cubriendo un rostro,
su cuerpo de piel escamosa y negra.

No paro de caminar...
Aquel lugar, donde la maleza amarillenta y verdosa cubre toda esta tierra,
donde el color púrpura brilla con intensidad.

Un humo gris aparece y en forma de rostro se presenta:  
—Soy el odio que vive arraigado en tu alma
por todas las injusticias que suceden en la realidad.
Tú mismo me has creado con tu amargura y rencor,
con tu coraje y desesperación.

Me siento atemorizado, sin poder escapar.

Enfrentarme conmigo mismo
eliminar al monstruo de mis penurias
para que me deje de atormentar.

—Si la vida no fuera injusta, no fuera vida... Así de sencillo.
Existen muchas adversidades que se convierten en estorbos y obstáculos para que no brille la perla que llevas dentro. Enfrentarlas y derrotarlas es mi objetivo.

¿Acabó el tormento?
No lo sé
Tal vez solo duerme
y despierte en tiempos decadentes.